jueves, 5 de julio de 2012

La Casa del Torreón II El Despertar de las Sombras de Isabel del Río. Dos primeros capítulos


La Casa del Torreón II El Despertar de las Sombras
Isabel del Río
Dos primeros capítulos

El trabajo

El invierno empezaba a asomarse por el horizonte, avisando con suaves ráfagas heladas que obligaban a los viandantes a subirse el cuello de la chaqueta y a caminar más aprisa. Había sido un otoño corto, apenas disfrutado, después de un verano extraño que había dejado un regusto de añoranza a otros tiempos.
Chris aparcó su Kawasaki Ninja negra y resopló mientras contemplaba la verja de entrada a la propiedad de su familia.
—Si me dieran un céntimo por cada vez que digo que no volveré a pisar esta casa sería asquerosamente rico —bufó mientras hacía sonar el timbre de la entrada.
—Identifíquese y muéstrese a la cámara de seguridad—ladró una voz desde el interfono.
Con cansina indiferencia, Chris saludó a la cámara y no hizo falta nada más para que las puertas se abrieran.
—Disculpe, no le había reconocido —dijo la voz en un tono más amable.
Pero el muchacho ya no le escuchaba y caminaba hacia la mansión, dando patadas a las piedras de la entrada con sus botas de motero.

El despacho de su padre era frío y, a parte de las maderas nobles y los lomos de los libros antiguos, no había nada que decorase la sala. “El trabajo es el trabajo, nada debe distraerte cuando estás entre negocios”, siempre había dicho el dueño de aquella habitación, y por ese lema se regía. Ni siquiera se levantó para saludar. Cuando vio entrar a su hijo, le hizo un gesto estricto con la mano para que cerrara la puerta y lo invitó a sentarse. Chris vio enseguida que el motivo de su visita estaba colocado de forma ordenada sobre la mesa.
—¿Qué es esta vez, padre? —preguntó sin andarse con rodeos.
El hombre contempló a su hijo con cierto desprecio en la mirada.
—Debes ganarte la vida, no te creas que vas a ir y venir siempre como te plazca.
—No me sueltes sermones y dime ya de qué se trata —lo interrumpió Chris.
El hombre se enervó, pero al mirar las fotografías que llenaban su mesa sonrió satisfecho. Aquel trabajo podría darle la autonomía que buscaba, e incluso, si lo aprovechaba, el chico podría llegar a hacerse un nombre. Mientras tanto, Chris observaba a su padre, muchos le habían dicho que se parecían, pero él no lo veía claro: alto, ancho de espaldas pero delgado, castaño y de ojos azules… Su padre era atractivo para algunas mujeres, eso lo había demostrado con los años, pero su genio y su absoluta obsesión por los negocios lo echaban todo a perder.
—Este trabajo puede cambiar tu vida —dijo el hombre levantándose de la silla y golpeando una de las fotografías.
—¿Qué tiene de especial? A mí me parece una casa cualquiera.
—No seas idiota. ¡Mírala! Vidrieras, relieves, columnas, incluso un torreón… Y en ese barrio. Pero eso no es lo mejor…
Su padre dejó las palabras en el aire y lo miró a los ojos tratando de contagiarle el entusiasmo.
—Esta casa ha sido puesta a subasta porque había sido olvidada del censo catastral. Por lo visto, no es de nadie. Lleva cerrada y abandonada quién sabe cuántos años, y nadie ha entrado en ella. No ha sido ocupada.
—Imposible. ¿Una casa así, abandonada? Habrán arrasado con todo lo que hubiera de valor.
—Ni siquiera la policía pudo entrar, y cuando quisieron forzar la puerta los detuvieron. Las molduran parecen muy antiguas y podrían ser de gran valor.
Chris empezaba a ver el por qué de la llamada de su padre. Acababan de encontrar un cofre del tesoro en medio de una gran ciudad y eso era, por no decir otra cosa, del todo improbable.
—Y ¿qué es lo que quieres que haga? ¿No me has dicho que está en venta? Ve y puja por ella.
—Antes, quiero que vayas y la tases por mí.
—¿Cómo? ¿Por qué yo? Tienes a profesionales que se ocupan de estas cosas.
—Pero no me fío de ellos, no en algo tan especial y suculento como esta casa. Quiero que seas tú. Además, piensa en la oportunidad. Serás el primero que entre y valore todo lo que hay en ella, si esa casa llega a ser lo que creo… No te faltará trabajo, hijo.
—¿Y quién te ha dicho que quiera dedicarme a esto?
—Christopher Andersen, ¡deja de decir estupideces! Esa moto y esa chaqueta no te hacen ser más de lo que eres en realidad, un chaval de 18 años que se cree un James Dean moderno. Deja de ser tan idiota y empieza a labrarte un futuro.
Chris se mordió la lengua y contuvo la respuesta. Estaba harto de que le comparasen con otras personas, él era él y nadie más, se había forjado a sí mismo, ¿quién era su padre para hablar de estereotipos? Estudió las fotografías que había sobre la mesa evitando los ojos furiosos de su padre. Aquella casa tenía algo que parecía hipnotizarlo, era muy hermosa, pero sentía como si alguien lo observara tras las ventanas.
—¿De verdad que no vive nadie en ella? —preguntó para asegurarse.
—Está completamente vacía.
—Muy bien, acepto el encargo, pero quiero la mitad por adelantado.
—Ese es mi chico.


Despertar

El pasillo blanco de mostradores verdes le devolvía reflejos de luz mortecina. Gabriel miraba a su alrededor cansado y harto de escuchar siempre las mismas estupideces. Una enfermera lo saludó por el pasillo y él ofreció su mejor sonrisa. No comprendía por qué la madre de su amiga le decía una y otra vez que no volviera; con los años él se había convertido en su única visita.
Giró por el pasillo y vio la máquina de café. La mañana anterior se había tragado dos monedas y esperaba que ya estuviera arreglada, porque necesitaba desesperadamente una dosis doble de cafeína. Buscó su cartera y apretó el botón. Al principio aquel brebaje le había parecido horrible, pero con el tiempo uno se podía volver adicto a cualquier cosa.
Cuando llegó a la habitación se detuvo. En una esquina había un espejo, no sabía para qué era, pero a él le servía para comprobar cómo llevaba la ropa después de salir corriendo del trabajo. Tenía buen aspecto, excepto por las ojeras… Dormiría un par de horas, seguro que a ella no le importaría.
El dormitorio no era muy grande, pero disponía de lo necesario, y tenía una gran ventana que daba a la montaña. Contempló a su amiga. Durante un momento, con los ojos cerrados, tumbada en la cama y rodeada de todo aquel albor, le dio la sensación de que veía a un ángel. Dio un trago al café y se frotó los ojos, recuperando la visión de la chica intubada y rodeada de máquinas que la mantenían con vida.
—Buenos días, ¿qué tal has pasado la noche? Yo he trabajado hasta hace poco, así que espero que no te importe si luego me quedo frito por aquí.
Gabriel sonrió, le acarició la mejilla con delicadeza y le recolocó algunos mechones sueltos que le caían sobre la cara.
—Hoy he traído La Isla del Tesoro, sé que es de tus preferidos y he pensado que podía releértelo. Veo que te entusiasma la idea. ¡Fantástico!
Bebió lo que le quedaba de café y dejó el vaso vacío sobre una mesita supletoria que había a un lado. Se acomodó en una silla y se acercó a la cama.
—Hoy he vuelto a hablar con tu madre. Sigue emperrada con que no debería venir a verte, dice que no es bueno para mí… Pero yo sé que no es cierto lo que dicen, no creo eso de que te fuiste.
Gabriel tomó la mano fría y delgada de su amiga y la acarició con suavidad.
—Sé que he estado mucho tiempo ausente, sólo aparecía, te miraba y me largaba. Pero eso se acabó. Me dolía, no soportaba verte así… Mi vida sin ti es insoportable.
Puso la mano pálida sobre su pecho y la apretó con fuerza.
—Daría cualquier cosa porque volvieras, mi vida, la de cualquiera… ¡Lo siento! No quería… Sé que te enfadarías.
>>Después leí ese estudio, sobre las personas en coma y que es bueno para su recuperación que cada día les hablen. Espero que esto te ayude, aunque después no recuerdes nada.
Gabriel miró el libro que había dejado sobre la mesita junto al vaso, y concluyó:
—Marina, te echo de menos.

El bosque, con sus colores de primavera, eso y una voz que resonaba entre los árboles era lo último que recordaba, y de repente nada, oscuridad y vacío.
Sentía frío, hormigueo y dolor en todo el cuerpo, como si me estuvieran clavando miles de agujas en las extremidades, en la columna y las sienes. Traté de abrir los ojos, pero el dolor era aberrante, y cuando lo logré sólo localizaba manchas borrosas, blanco y luz. Empecé a sentir conciencia de mi cuerpo, y con ella arcadas que trepaban por mi garganta, y una angustia irreprimible. Con un esfuerzo sobrehumano logré mover un brazo y arrancarme algo que tenía metido por la boca y se adentraba en mí. Vomité a un lado, era ácido y quemaba. La cabeza me daba vueltas.
Quería levantarme y salir de allí, no sabía dónde estaba ni quién me había hecho aquello.
¡Mis piernas!
Horrorizada, alargué una mano e intenté palparme las piernas, ver si seguían allí. Descubrí aliviada que por ahora las conservaba. Mis ojos no se acostumbraban a la luz y me escocían.
—¿James? —pregunté desorientada—. ¿Dónde estoy?
Pero no respondió. Todo era silencio.
Unos pasos rápidos se aproximaron y una puerta se abrió.
—¡Está despierta!
Oí que decía una mujer.
—No puede ser —contestó un hombre.
Alguien me tocó y yo golpeé a ciegas tratando de defenderme.
—Tranquilícese. Tenemos que comprobar sus constantes, ver que está bien —dijo el hombre.
Su figura borrosa se movía a mi derecha mientras la otra figura se había colocado estratégicamente al otro lado.
Pero no me quedé quieta y me revolví, aunque mi fuerza era ridícula y me sujetaban como si a penas me moviera. Grité y traté de morderles.
—¿Qué le ocurre? —dijo la mujer—. Está violenta, ¿es eso normal?
—Puede que su cerebro haya sufrido daños… No podremos saberlo con seguridad hasta que le hagamos algunas pruebas.
Tenía su cara ante la mía y le di un cabezazo. La mujer chilló y me soltó para socorrer a su compañero. Yo me derrumbé luchando por no perder la conciencia.
—Yo estoy bien, pero vigílala a ella. Necesitaremos sedantes —dijo él.
Entonces la mujer salió a prisa y todo fue a peor. Volvió con otra figura, ésta más fuerte, que me agarró y no dejó que me moviera un ápice.
—Esto te ayudará a descansar —dijo el hombre al que había golpeado.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Oí entonces que decía una voz a la que conocía a la perfección y con la que había soñado a diario durante todo el tiempo que llevaba en aquel mundo de locos.
—¡¿Marina?! —dijo Gabriel emocionado acercándose a mí, interceptado por una de las formas borrosas.
La ansiedad hizo que me atragantara con las palabras y sólo fui capaz de decir:
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
Antes de que la oscuridad me engullera de nuevo.

(…)

©Isabel del Río Sanz. Prohibida la copia parcial o total sin el permiso expreso de la autora.

2 comentarios:

  1. Fantásticos estos dos primeros capítulos.

    Estoy deseando saber quién es ese Chris, (lo del chico motero me ha encandilado) y conocer a Gabriel, y saber si Marina despierta del todo. Espero que si.

    Una pegunta:

    ¿Puedo anunciar en mi blog el enlace a éste, para que la gente conozca estos dos primeros capítulos?

    Un abrazo gigante Isi. Ya queda menos, y estos dos capis prometen.

    Besos!Rebeca.

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  2. Gracias guapi, edtos dos caps solo te dan una idea de lo que esta por venir :D Me alegra que te hayan gustado. Y porsupuestisimo que puedes colgar el enlace, mas bien gracias por hacerlo. Un besazo enorme!!

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